De Cores: la experiencia universitaria es el pasaje de la universidad por el estudiante, no al revés

Carlos de Cores nació en Montevideo en 1953, un 9 de enero, un momento del año en que todo el mundo está de vacaciones. Por eso, su cumpleaños siempre se festeja en familia, contó. En esta entrevista, el nuevo rector de UCLAEH recordó sus orígenes y cómo desarrolló su vocación. Habló, entre otros temas, de cómo debe ser la experiencia universitaria, de la gestión de la educación en lo público y en lo privado y de los aspectos que diferencian a la Universidad CLAEH.

—Aprendí de mi madre, Sofía Helguera, la experiencia del don, de la entrega generosa de lo que se posee. Mi padre, Carlos de Cores, fue un abogado y profesor español, nacido en Alicante y venido al Uruguay en la década del 30. Él me inculcó el amor por el oficio del pensamiento: trajo consigo una biblioteca muy representativa de la cultura de la España de la época, que usaba mucho porque tuvo una actividad importante en el seno de la colectividad española y siempre estaba preparando notas y discursos. Tal vez eso fue lo que me hizo apreciar el estudio desde niño. Con mis padres y mi única hermana, María Sofía, vivíamos a una cuadra del Colegio Seminario, donde adquirí los rasgos de carácter que imprime la educación jesuítica, desde la Primaria hasta Preparatorios.

Mi despertar a la vida social y política ocurrió en una época bien difícil: el año de 1968 me encontró en cuarto año de liceo, y a partir de ahí supe transitar por un inicio turbulento de la vida universitaria. Me integré a la militancia gremial, integré como estudiante el Consejo de la Facultad de Derecho, pero esa experiencia resultó interrumpida a raíz de la intervención de la Universidad y el golpe de Estado de 1973. Fue en aquella época que tomé contacto con lo que hoy es UCLAEH. Mi primera contribución académica (mi primer “paper”, se diría hoy) fue en el número de Cuadernos de 1982, sobre la separación de poderes del Estado en la Constitución de 1830. Mi vida universitaria se reanudó en 1985, cuando, por una parte volví a la Facultad de Derecho de la Udelar, y por otra, acepté la invitación del flamante rector de la recientemente instalada Universidad Católica, Luis del Castillo, para colaborar en el diseño y la implementación de los estudios de derecho. Allí permanecí 35 años y terminé como director del Departamento de Derecho Privado, hasta que el año pasado recibí de Andrés Lalanne la invitación —que acepté gustoso— para servir desde el cargo de rector de la Universidad CLAEH.

—¿Cómo decidió su profesión? ¿Y cómo piensa que es hoy elegir una profesión?

—Esta pregunta me permite dar testimonio de mi experiencia de modo que pueda servirle a otros. Como dije, mi juventud transcurrió en una época difícil, de gran incertidumbre. Yo había hecho preparatorios de derecho y empecé la Facultad, pero experimentaba bastante confusión. En eso, sobrevino la intervención de la Universidad y se interrumpieron las clases. Quiso el destino que en 1975, al reanudarse los cursos, tuviera como profesor de Obligaciones (la principal materia de la Facultad de Derecho, como decimos muchos) a Jorge Gamarra. Él me hizo descubrir la vocación por el derecho, como instrumento racional para organizar la convivencia justa en la sociedad. A partir de entonces nunca pude dejar el estudio del derecho de las obligaciones. El encuentro con Jorge Gamarra transformó mi persona. Otro ejemplo del don: un maestro que se dedicó por completo a enseñar e investigar, suscitando en otros la misma dinámica. Es verdad que hoy día han cambiado una cantidad de cosas, pero creo que la vocación sigue siendo un llamado que se siente, a veces con mayor claridad, otras en forma más confusa, pero que finalmente se va descubriendo hasta que se llega a la certeza de estar haciendo lo que a uno le gusta.

—¿Cómo ha cambiado socialmente lo que significa pasar por la universidad?

—Desde que tengo uso de razón universitaria, he sido testigo de distintos procesos, algunos estructurales, que vienen de larga data, y otros que he visto nacer. Voy a aludir a dos de esos procesos que en mi opinión se entrecruzan para dar la pauta de la coyuntura actual. Por una parte, evidentemente, existe una presión creciente de la población para ingresar a la Universidad, lo que determina la ineludible masificación, que es un carácter no muy compatible con los requerimientos propios del aprendizaje de saberes y competencias que hacen al egresado universitario. Por otro lado, en nuestro país, hemos pasado de un sistema de monopolio estatal de hecho de la enseñanza universitaria a un sistema plural, donde la universidad o las universidades estatales conviven con distintas iniciativas de gestión privada. Algunos hablan de educación privada; a mí me parece que toda la educación es un bien público, cuyos proveedores pueden o no pertenecer a la estructura del Estado, pero siempre proporcionan un servicio que es público por la generalidad de sus destinatarios y por su finalidad. Cruzando estas dos variables, yo concluyo que la enseñanza/aprendizaje universitario es un bien público que tiene determinados requerimientos de calidad, y que siempre conlleva un costo. Ese costo puede ser afrontado en un sistema de gestión pública o en un sistema de gestión privada. En el sistema de gestión pública, el costo se traslada en parte a toda la sociedad, y en parte es soportado por los propios universitarios, pero en lugar de pagar una matrícula, contribuyen a un fondo de solidaridad durante su vida profesional.

En el sistema de gestión privada, el costo es pagado directamente por los estudiantes por la vía de matrículas. No hay, por tanto ninguna diferencia de esencia (como lo pregonan quienes identifican la educación privada con el afán de lucro, mientras que la educación pública es desinteresada). En ese contexto, las universidades privadas, complementando la actuación de las públicas, ofrecen enseñanza universitaria desde una identidad institucional, a partir de la cual se vive la práctica educativa; una perspectiva propia, desde la cual es posible construir en forma sólida una sociedad pluralista, a partir del diálogo de distintas posiciones. En este sentido, laicidad de la educación significa actitud crítica, no prescindencia de adscripción o afiliación a una visión del hombre y del mundo. Para asegurar efectivamente la libertad de enseñanza, un sistema progresista de educación universitaria debería proveer fuentes de financiamiento público para todo el sistema, particularmente habilitando un fondo de becas para facilitar el ejercicio de la libertad de elección de los estudiantes universitarios, permitiendo a quienes no tienen los recursos suficientes poder acceder a las universidades privadas, con cargo a devolver ese costo una vez que tengan ingresos derivados de la actividad profesional. De este modo, se aliviaría la presión sobre las universidades públicas, se haría más transparente el uso de los recursos, se haría efectiva la libertad de enseñanza y se lograría que la propia sociedad civil, en cuyo seno nació la universidad, generara procesos sustentables de educación universitaria, mejorando la creatividad y evitando que todo dependa del Estado.

—¿Cómo recibió el nombramiento de rector?

—Otra vez, como un don. Como una oportunidad insospechada de aplicar lo aprendido durante una vida académica y de emplear todas mis mañas para contribuir a hacer fluida la convivencia de la comunidad de la universidad en función de una obra a realizar. En efecto, la Universidad es hacer obra, y la obra académica de enorme complejidad que hace la Universidad solo se puede hacer en comunidad, en una comunidad bien avenida y motivada. Creo que en eso radica la misión del rector.

—¿Cómo veía a la UCLAEH desde fuera? ¿Cómo la ve desde dentro?

—La actividad universitaria del CLAEH se inicia en 1997, cuando yo estaba trabajando en la Universidad Católica. Veinte años después, el CLAEH lograría la articulación institucional necesaria para ser considerada Universidad. En todo ese proceso destaca la fidelidad a la tradición intelectual que le dio origen: la Economía Humana, que fue definida por Louis-Joseph Lebret como aquella disciplina del conocimiento y de la acción, que consiste en la doctrina, el sistema, la estrategia y la táctica de la distribución y de los cambios al servicio del hombre y de la humanidad.

Esta perspectiva reconoce que la libertad económica es un valor que no puede ser ignorado, pero que debe ser necesariamente acompañado por un conocimiento perspicaz y una acción vigorosa que limite y contenga la tendencia egoísta ínsita en el espíritu humano y en las estructuras sociales. El mismo propósito de servicio al hombre debe acompañar otro proceso paralelo que involucra la tecnología, que promete un vertiginoso desarrollo, pero que librado a sí mismo puede agredir el equilibrio de la sociedad (o, mejor, perpetuar el actual desequilibrio) y afectar en forma irreversible el medio ambiente.

Solo mediante una actitud vigilante desde los imperativos morales que derivan de colocar al hombre en el centro, estén ellos fundados o no en una cosmovisión trascendente, podrá la sociedad del futuro superar los peligros enormes de una economía y una tecnología de espaldas a los valores. Y la Universidad tiene la responsabilidad de marcar el camino.

El trabajo del grupo de intelectuales que fundaron el CLAEH en torno a estas ideas fue pasando así de la acción concreta a la investigación, y recién en último término, a la docencia; no, como es usual, de la docencia a la investigación y por último a la extensión. Ello hace que la UCLAEH se presente como una universidad de tipo especial, en donde la escucha de la realidad social asciende al rango de presupuesto de toda la actividad de la Universidad. En la etapa actual, el desafío es profundizar la actividad académica, pero seguramente ello se hará con el respeto por el equilibrio entre docencia, investigación y extensión que deriva de su historia institucional.

—¿Qué debe aportar una universidad a una persona que pasa por allí pocos años (en relación a lo que es la vida profesional)?

—Como toda organización de la sociedad civil, el objeto de una universidad no es el lucro, sino lograr el cambio de las personas y, por su intermedio, de la sociedad; de este modo, más que un pasaje del estudiante por la universidad (esta es la idea que dan las palabras “carrera” o “curso”) la experiencia universitaria debe significar el pasaje de la universidad por el estudiante. La institución tiene que arbitrar los medios para que su personal, pero sobre todo los docentes, puedan perfeccionar sus capacidades para despertar el interés íntimo de los estudiantes por el saber, conmover sus prejuicios, ordenar sus ideas, hacer lugar para nuevas concepciones. Estos son procesos mentales e intelectuales sobre todo, pero no solamente; involucran todo el espíritu, la globalidad de la actitud personal en el seno de la comunidad. La calidad de la enseñanza universitaria no se aprecia en una forma exterior o en una mejor funcionalidad, sino en una potencialidad interior. Exteriormente, el estudiante es casi igual cuando egresa que cuando ingresó. La excelencia de su formación se sabrá luego, cuando los hábitos de pensamiento formados durante los años de estudio demuestren su capacidad para enfrentar las situaciones nuevas y complejas y encontrar soluciones adecuadas. Una parte importante del trabajo del equipo de rectoría es arbitrar los mecanismos para la formación y capacitación de los docentes para cumplir esta delicada labor, administrar la información y monitorear la transformación de los estudiantes durante su etapa universitaria, asegurando en lo posible la excelencia de los resultados.

—¿Qué fortalezas tiene el UCLAEH como universidad? ¿Qué es lo que le ha hecho hacerse un lugar?

—El éxito de cualquier iniciativa está vinculado con la medida en que la actividad satisface una necesidad sentida. Y UCLAEH se ha caracterizado por actuar siempre en función de los reclamos de la comunidad. Toda la estructura existente de programas académicos en los dominios de la medicina, el derecho, la cultura, la educación y la gestión de la salud se han dirigido a cubrir un déficit. Y eso la posiciona como una institución apreciada por su vocación de servicio. Las iniciativas planeadas para el futuro próximo, tanto en las áreas donde la Universidad tiene programas en curso, como en otras como por ejemplo la economía y la empresa, o la informática, partirán siempre de la pregunta sobre la necesidad, en vistas a un desarrollo humano, que es el pasaje de una situación previa menos humana a otra más humana de las personas y las poblaciones. Por otra parte, en nuestra Universidad es posible actuar a medida humana, lo que, aunado a una política de apertura e incluso internacionalización, puede dar frutos muy positivos en la formación de los estudiantes.

—¿Qué cambios quiere impulsar? ¿Qué marcas le gustaría dejar al final de su gestión?

—Sinceramente, no creo que sea pertinente impulsar cambios cualitativos en la Universidad. Trataré de consolidar los procesos existentes, y eso sí, ampliar la gama de los estudios ofrecidos. La vida de la universidad está en la síntesis de las disciplinas particulares, que representan los distintos abordajes desde los cuales se puede intentar entender la realidad. Para obtener una buena síntesis, que sea completa y útil, se necesita el diálogo entre varias disciplinas. Es necesario por tanto integrar a la Universidad nuevos equipos de trabajo especializados en ciencias empíricas y de la naturaleza, así como de la cultura. Pero no en una dinámica centrífuga, sino acompañado todo de un vigoroso abrazo para lograr la unidad y complementariedad. Aquí puede haber una gran fortaleza de nuestra Universidad, porque la dispersión de las ciencias particulares no está consolidada y es posible todavía un proceso de diálogo y síntesis, que nunca podrá ser definitivo, pero permitirá resolver disonancias y promover complementariedades. No tengo una demostración para lo que voy a decir, pero creo que —del mismo modo que los instrumentos de una orquesta sinfónica— las ciencias están llamadas a una coordinación; la vocación humana y la función de la Universidad como tal es lograr la armonía.