La inauguración de la ampliación de la Sala de Anatomía de la Facultad de Medicina: una experiencia de universidad

Por Carlos de Cores, rector

El 10 de setiembre de 2021 tuve el privilegio de asistir a la inauguración de la nueva la Sala de Anatomía de la Facultad de Medicina, que lleva el nombre de Gonzalo Estapé, cofundador de la Facultad y primer responsable del Departamento de Anatomía.

El sentido de estas líneas es dejar escrito —y así poder compartir con los lectores— la impresión que quedó en mí como consecuencia de ese evento, lo cual entiendo que es pertinente porque —además de servir como registro cronológico— simboliza o representa algunos rasgos de lo que creo es la propia esencia de la universidad.

La inauguración propiamente dicha —en la que se recordó la figura del profesor Gonzalo Estapé —estuvo precedida de un acto científico organizado por el Decanato de la Facultad.

Una primera disertación, que estuvo a cargo del profesor y decano emérito, Dr. Humberto Correa, tuvo por título “Reflexiones sobre el cadáver”. Fue continuada por ponencias del titular del Departamento de Anatomía, Dr.  Fernando Martínez; de la Dra. María Inés Nouzeilles, neuróloga, y de la Dra. Ana Inés Laboritti, fonoaudióloga.

Los trazos generales de la relación entre los temas abordados en las ponencias —relación que un lego como yo en materia de medicina no podía percibir a priori— se me fueron presentando progresivamente en forma clara y distinta y fueron ayudándome a construir la reflexión que pongo por escrito en estas líneas.

En efecto, la inauguración de la Sala de Anatomía de una Facultad de Medicina imponía abordar desde el punto de vista académico un tema insoslayable: el cadáver humano. Esa tarea estuvo a cargo del Dr. Humberto Correa, quien enfrentó el nada fácil asunto del enfoque filosófico de cuerpo humano después de la muerte, cuando la materia de la que está hecha la persona ya no está acompañada del espíritu.

Ofreciendo su reconocida perspectiva humanista, el profesor Correa explicó las razones por las cuales el cadáver humano merece respeto, por qué la dignidad del ser humano se proyecta al cadáver. El por qué está —decía Correa— en que el cadáver simboliza, representa algo. Igual que la bandera o el escudo representan al país, el cadáver es algo que representa a la persona y por lo tanto adquiere de la persona su alta dignidad.

Mostrando su capacidad de reflexión profunda, el profesor Correa expresó que todos los seres humanos tenemos el afán de sobrevivir, de perpetuarnos, pero afirmó que él no creía en la inmortalidad, sino que la persona dejaba de existir con la muerte. Por ello entendía que no es correcto hablar “del cadáver de una persona”, porque la persona ya no existe después de la muerte. El cadáver merece respeto porque representa el recuerdo de una persona, persona que sí está dotada de altísima dignidad, pero que no subsiste después de la muerte. Más adelante retomo esta idea porque dio lugar a un intercambio muy significativo con el profesor Fernando Martínez.

Los expositores siguientes —y creo que fue muy acertada la elección de los temas por el Decanato— refirieron sí a aspectos de anatomía, pero orientados al cerebro, la neurología, la cognición, la palabra, el lenguaje, el habla, la escucha.

Así, el Dr. Fernando Martínez disertó sobre la anatomía del cerebro, dónde está la zona del lenguaje, el estado de la ciencia sobre la localización en el cerebro de las zonas que afectan la cognición y el habla. La Dra. Nouzellies refirió a aspectos neurológicos del lenguaje y la Dra. Laboritti, especialista en fonoaudiología, puso su foco en el lenguaje hablado, que supone el despliegue de funcionalidades neurológicas pero también musculares y correspondientes a otros órganos, y de la inserción social de la persona, dado que aprendemos a hablar escuchando a otros.

El resultado del conjunto de las exposiciones fue el breve planteo de la fascinante relación entre los órganos del cuerpo humano y sus funciones, y los signos de comunicación entre las personas, que trasciende totalmente el campo anatómico y fisiológico  para proyectarse en el campo social, cultural, intelectual  y espiritual.

La transversalidad y la intercomunicación de las disciplinas científicas se hicieron patentes para cualquier asistente a partir de la simple contemplación de la sucesión de perspectivas, poniendo en evidencia la maravilla del ser humano en su tremenda complejidad individual y también social.

Con ese antecedente, tuvo lugar luego la inauguración propiamente dicha de la nueva sala, dotada de todas las funcionalidades para que el aprendizaje de la anatomía por parte de los estudiantes  se realice de la mejor forma.

Esa inauguración fue también memorable. En el espacio del nuevo edificio estaban reunidos profesores, estudiantes e invitados representantes de la sociedad civil y del cuerpo político. Allí, los profesores Humberto Correa y Guido Berro Oribe, por sí y en representación de la Academia Nacional de Medicina, hicieron una semblanza del profesor Gonzalo Estapé, que fue completada por el profesor de Anatomía, Dr. Fernando Martínez.

Y es en este punto que quiero detenerme antes de finalizar esta breve crónica.

En un momento de su exposición, el Dr. Martínez dijo discrepar con la opinión antes expresada por el Dr. Correa de que la persona como tal no trascendía a la muerte, tanto que no era correcto hablar del cadáver de alguien, porque ese alguien ya no existía. Martínez expresó que —en su entendimiento, por el contrario— la persona sí subsistía, y trajo en su apoyo ideas del Dr. Pedro Figari, quien, basado en que el universo está compuesto de materia, pero también de energía, sostenía que la energía que desplegó cada persona de alguna manera subsiste después de su muerte.

Lo anecdótico fue que el Dr. Correa, presente en primera fila, manifestó su deseo de replicar, y las partes acordaron hacerlo en otra oportunidad. Ante dos copas de vino, aclararon.

Luego de la finalización del acto me acerqué a los polemistas y le escuché a Correa decirle a Martínez: “estoy de acuerdo contigo, parcialmente”. Por cierto, me anoté para participar en la discusión, porque concuerdo con lo expresado por Martínez, pero por una razón diversa, que tiene que ver con las ideas y las experiencias de creación,  creatura y presencia histórica del Creador. Y si en vez de haber ocurrido esta charla en una brumosa noche de principios de setiembre, hubiera pasado en una luminosa tardecita de diciembre, seguramente la discusión hubiera seguido inmediatamente en el parque del campus bajo el cielo sereno de Punta del Este.

Digo que me quiero detener aquí para expresar que este entrañable episodio me suscitó la idea de que estaba participando en un acto que contenía en sí la esencia misma de la universidad.

En contra de lo sostenido por los escépticos, que rechazan la existencia de una idea esencial de universidad, yo estaba viendo con mis propios ojos y escuchando con mis propios oídos al joven profesor Fernando Martínez discrepar con su maestro emérito, Humberto Correa, exponiendo razones y abierto a recibir razones contrarias;  y a su maestro recogiendo el guante, admitiendo una verdad parcial, y expresando estar dispuesto a profundizar, embrazando todas las armas de la ciencia, pero reconociendo un campo de oscuridad y misterio, donde se puede avanzar a tientas, donde se está forzado al diálogo tolerante con creencias diferentes a la propia.

Y todo eso en presencia de los estudiantes que nos acompañaban.

En ese lugar y momento, percibí claramente cómo aquella reunión en la nueva sala de anatomía de la Facultad de Medicina de la Universidad Claeh evocaba la idea universal de universidad: comunidad de estudiantes y profesores en torno al saber, para investigar y conocer la verdad. Era como si estuviera presenciando la imagen concreta del fundamento abstracto que hace mover a la universidad, que le confiere la dinámica, que la orienta y la hace útil para la sociedad: el aumento y la difusión del conocimiento.

Creo que la inauguración de la nueva Sala de Anatomía de la Facultad de Medicina fue una metáfora de la mejor lección (la lección de mejor calidad) que pueden aprender los estudiantes, compartiendo un espacio donde ven a sus mayores opinar distinto y fundamentar con esmero y pasión sus discrepancias, pero conviviendo con respeto mutuo.

Precisamente en esto radica, en mi opinión, la esencia misma de la universidad, que ha sobrevivido mil años de historia: ser una corporación donde  se obtienen títulos profesionales, pero por sobre todo, donde se adquiere aquella sabiduría profunda de vivir, que se reconoce en semblantes alegres; porque el gozo de saber, comprender o descubrir, mueve a vivir de determinada forma, cuya mejor imagen es la de una sonrisa.