La unicidad del ser humano: cuerpo-cerebro-mente.
Resumen y comentario de un fragmento de la obra de Damasio, Antonio, El error de Descartes. La emoción, la razón y el cerebro humano, 3.ª ed., Barcelona, Crítica, 2004, pp. 154-195.
Por Humberto Correa
El científico y neurobiólogo portugués Antonio Damasio (Lisboa, 1944), director [2] de Neurología en universidades norteamericanas desde hace decenios e investigador en neurociencias, es uno de los paladines actuales —junto con su esposa Hanna— de la generación de científicos que en los últimos treinta o cuarenta años ha revolucionado el conocimiento y la interpretación neurobiopsicológica de los fenómenos de la mente humana.
Damasio ha colaborado de manera conspicua en dar un giro copernicano al pensamiento filosófico y científico en ese campo y al paradigma que orienta la investigación en cuanto al cuerpo, su cerebro y su mente. En palabras del habla común podríamos decir que tenemos una deuda muy importante con él, porque es uno de los que “nos devolvió el alma al cuerpo”.
Una de sus obras más conocidas es El error de Descartes, de la cual extractamos el capítulo referido. Si bien todo el contenido del libro es muy apreciable, esta parte condensa sus ideas acerca de cuerpo-cerebro-mente.
Este libro —mencionado por casi todos los investigadores del área— constituye un mojón y condensa en escritura uno de los momentos críticos en ese cambio conceptual y epistemológico que reorienta toda una línea de pensamiento en el estudio y concepción de la mente humana.
Cuerpo-cerebro-mente
Damasio trata en su libro las relaciones indisolubles que existen entre esas tres entidades que forman nuestra unicidad. Intentaré trasmitir lo que creo haber comprendido de las investigaciones y publicaciones de Damasio y otros de sus colegas sobre emociones-sentimientos y el ser humano.
Los seres humanos —nosotros— somos un cuerpo: una forma bien definida, medible y visible, con dinamismo (movimiento) en el espacio y en el tiempo. Yo soy mi cuerpo mientras lo anime la vida, el soplo de la vida (psique), y yo soy yo, de mi piel para adentro. De la piel para afuera es lo otro. Somos un animal más, con características especiales. La tendencia inmanente del animal es a seguir viviendo y reproduciéndose. Para sobrevivir, para cumplir sus necesidades vitales, debe de alguna manera registrar sus cambios interiores (para reequilibrarlos) y percibir su exterior, que contiene elementos que le pueden ser útiles para sobrevivir o pueden ser peligrosos para su existencia.
El cuerpo tiene un principio de autoconservación y uno de sus atributos es generar avisos de hechos que van a venir o que están ocurriendo y que pueden ser beneficiosos o perjudiciales. Estas percepciones —que Damasio llama impulsos— son el principio de la organización de sus acciones (internas y externas). Esas acciones no se organizan en cualquier lado, sino que el cuerpo tiene una parte compuesta por elementos neurales celulares interconectados que se encargan de organizar y gestionar la acción. Para gestionarla recibe los impulsos que el cuerpo captó y que viajan hacia ese núcleo organizador/gestionador (OG) por vías o cordones materiales que trasmiten electricidad o mediante productos químicos.
Una vez que el núcleo los recibe, elabora respuestas que a su vez reenvía a otras partes del cuerpo (músculos, huesos, vísceras, glándulas, etc.), y entonces se ejecutan las ordenes, que son acciones. Esto ha constituido una especie de bucle primario; percepción, mensaje, ida, recepción, elaboración, gestión, orden, viaje de vuelta en sentido inverso y finalmente acción. La acción reequilibra al ser en su interior y con su exterior.
Los seres evolucionaron y ese núcleo inicial de células interconectadas (OG) evolucionó hasta formar un cerebro primitivo. Con esa constitución los seres tuvieron una serie de respuestas automáticas, casi siempre parecidas a sí mismas pero adecuadas al tipo de impulso inicial. Los diferentes impulsos, estímulos, variantes, etc., forzaron al cerebro primitivo a funcionar en forma más compleja, a responder formando nuevas redes y a aumentar en componentes y en tamaño bajo esos estímulos (aquí intervino la variabilidad infinita de las especies y la selección natural). Así se formó el cerebro primitivo (reptiliano). Así se establecieron las primeras reacciones de supervivencia que se trasmitieron genéticamente a las descendencias. Así se iniciaron los instintos.
Los instintos son formas de acción y de reaccionar que están genéticamente condicionadas y que tienen como finalidad la conservación y la reproducción. Mucho más tarde aparecieron los aprendizajes culturales, que son formas de adaptación social no instintiva.
En los animales un poco más evolucionados (creo que Damasio lo refiere a nuestros ancestros como el australopitecus), los resultados de las reacciones que se deben a los instintos nacidos en el cerebro reptiliano (o primario), se pueden traducir por modificaciones en la tensión muscular, apertura pupilar, piloerección, taquicardia, hiperventilación y gestualidad facial. Ese conjunto somático de cambio y que se adapta a la situación de desequilibro, en general externa, se llama emoción (según Damasio).
Cuando la especie humana siguió evolucionando, ocurrieron muchas cosas pero dos parecen esenciales: el cerebro se desarrolló más y la vida en sociedad se consolidó. En el hombre en sociedad la educación trasmite elementos culturales que agrega a las reacciones genéticamente trasmitidas no aprendidas y sí heredadas. En el cerebro que crece, las redes neuronales se complejizan, el número de neuronas aumenta enormemente y aparecen otras posibilidades: otras partes del nuevo cerebro pudieron captar lo que ocurría, recordarlo y evocarlo. Para que eso sucediera se necesitó un segundo bucle de regreso, luego de que se ejecutara la acción instintiva. Esa acción instintiva se había manifestado materialmente en forma interna (por ejemplo, aumento de insulina y cortisol) y externamente a través de la emoción somática.
Repito que Damasio llama emociones a las manifestaciones corporales de los diferentes estados de reacción —en emergencia o no— del ser humano. Otros cordones nerviosos o sustancias químicas viajan de la periferia al nuevo cerebro y le informan de lo que ocurrió. Entonces, el nuevo cerebro —que ahora tiene mucha potencia— registra lo que la parte antigua hizo e hizo hacer y lo recuerda, lo fija en otras zonas y experimenta sus componentes (placenteros si lo beneficiaron, o displacenteros si lo perjudicaron). Esto lo registra en varias de las áreas nuevas o neocórtex.
De esta forma, las nuevas captaciones por el nuevo cerebro están indisolublemente unidas a dos cosas: 1) a lo que hizo y hace el cerebro primitivo en forma instintiva, y 2) a la afectividad que acompaña toda acción. Hay, por lo tanto, dos zonas de trabajo cerebral en cada nueva acción u opción del hombre: la del cerebro antiguo (instinto y su resultado, la emoción) y la del cerebro nuevo (sentimientos) que son reflejos de las emociones corporales y se integran a un sistema complejo de afectos, memoria y razonamiento: ha nacido la conciencia.
Este procesamiento de toda acción-reacción en dos locaciones íntimamente relacionadas (una un poco más rápida y estereotipada que la otra) siempre se produce y siempre tiene, muy leve o muy intenso, un componente afectivo. Estas funciones de acción-reacción-afectividad-control por el neocortex-sentimientos pueden ser evocadas voluntariamente por el hombre actual sin que existan los desencadenantes externos o internos, y hasta pueden recrear la emoción corporal si es la ocasión. Y, finalmente, este proceso nos muestra la unicidad cuerpo-cerebro-mente.
El sistema todo se elaboró a partir de influjos o variaciones del cuerpo en sí y por su interacción ambiental, y termina sirviendo al cuerpo y luego a través de la cultura a la sociedad. Casi podríamos decir que la mente, con toda su potencia deliberativa, creativa, generadora de ciencia, de poesía y de amor, es un producto necesario de la adaptación al medio y de la selección evolutiva. No por ello menos sublime, como dice Damasio y coincidimos.
Biografía y obras de Antonio Damasio, disponible en http://www.compartelibros.com/autor/antonio-damasio/1 [Consultado: 25 de julio de 2017
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